Poemas de fuego y escarcha (prólogo de José Luis Pérez Fuente)

 

     Poemas de fuego y escarcha es una nueva etapa en el itinerario poético que Jorge Castro comenzó con Alpheratz, un libro de poemas que se situaban en un cosmos paralelo por el que transcurrían profundos deseos e íntimos sentimientos expresados a través de una fina lluvia de versos que iban calando poco a poco.

     Algunas de las imágenes metafóricas, utilizadas en Alpheratz como iconos personales, aparecen en esta segunda obra: la lluvia –símbolo de la vida, de la libertad–, el tiempo–ser omnipresente, infinito y eterno– o el silencio de la soledad y de la meditación. También vuelve a mostrarse la noche como cómplice y testigo de sus versos: noche poblada de sombras, / la patria de los poetas.

     Jorge Castro muestra en esta ocasión un espíritu inquieto, sensible y que cavila mientras se detiene en el camino para dibujar con sus palabras paisajes transformados mediante una mirada creativa y simbólica. Y, sobre todo esto, veremos al poeta comprometido con la libertad del hombre, disconforme con la injusticia y claro defensor de la tierra en la que vive.

     El libro se divide en cuatro partes:

I

     En el primer bloque, Jorge Castro nos presenta un mundo conceptual, de crueles cimientos, –La gran ciudad nos devora / y deja sin dientes a quien nada tiene– donde habita el hombre oprimido, esclavizado por hienas, buitres y traficantes que representan el poder y el dinero: ¡Maldito río de oro / que no deja de brotar / del vientre del afligido / del noble árbol de la sombra. Y en ese cosmos abstracto y apocalíptico, la tierra está asolada y es testigo de las injusticias de los hombres y de las tropelías que también sufre en sus entrañas. Se trata de una poesía que, como Celaya, toma partido hasta mancharse y se rebela ante la soledad y el dolor humanos mientras el hombre mudo / no rompa las cadenas / que lo ataron a la piedra.

II

     La voz poética del autor surge en la segunda parte del libro, creando escenarios –Si pudiera dibujar paisajes / en el lienzoblanco de mis días /[…] paisajes en el viento– donde navega (sin rumbo hacia lejanos planetas) o transita (Soy quien camina / cuando todos duermen /[…] Soy quien canta bajo latormenta) como un poeta solitario. Castro aprovecha los instantes de inspiración para dialogar con la muerte (¡Tú, mi fiel amante, mi asesina!) o para esconderse de ella. También afloran los recuerdos, las ilusiones (Será que aún nos emociona / la leve presencia de sirenas y musas, / de ciudades sumergidas / y Quijotes…), los anhelos y esperanzas bajo un tono especulativo:

Quien conoce las mareas
no precisa de mapas para volver
a casa… tan solo le basta su oleaje para darse cuenta de que nunca se fue.

Todo un aviso para Odiseos navegantes que buscan su Ítaca particular…

III

     En un tercer momento, Jorge Castro decide detener el tiempo para mirar a su alrededor y dedicar sus versos a los seres queridos (déjame ser la única certeza que exista / en este inmenso mar / donde casi todo es mentira) y a los amigos –con amistad teñida de utopías y recuerdos– matizando sus palabras con aspiraciones sublimes: Nunca te rindas / ni permitas que la maldita muerte / nos deje mudos / destro- zando la garganta del poeta.

     También recurre nuestro autor al diálogo con ilustres poetas, a los que homenajea con sus palabras. Conversa con Miguel Hernández recordando sus versos y su casa: La palmera centenaria nos contempla / y aún te recuerda / escribiendo y leyendo junto al ganado, / como un niño eterno que ríe / soñando con ser poeta. Y se dirige a Antonio Machado para traer a la memoria los temas recurrentes de su obra: los caminos, los campos de Soria, el Duero…

     En los últimos poemas de este apartado, la voz lírica vuelve a sumirse en la reflexión: Ahora que la noche / se llena de incertidumbre / y mis pupilas se apagan / para dejarme vislumbrar amaneceres, / enciéndete y camina conmigo.

IV

     En el cuarto y último conjunto de poemas Jorge Castro con- tinúa con el proceso de meditación iniciado anteriormente:dibujará el poeta su triste expresión / mientras el tiempo erosiona su silueta, creando paisajes llenos de lirismo: reverdece la tarde de árboles marchitos.

     Dos ciudades pasan también a escena a través de la mirada del poeta: Calatayud –donde la historia se detiene para escuchar la voz del juglar– y Madrid, teñido de un rojo vivo y ardiente al atardecer.

     Y, en el poema final, llega la noche a los versos que hablan del tiempo que nos persigue y que todo lo cambia.

     Gracias, amable lector, por llegar hasta aquí. A partir de ahora es el momento de sumergirse en el mundo poético de Jorge Castro. ¡Feliz expedición!

 

JOSÉ LUIS PÉREZ FUENTE

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