Texto de Susana Diez de la Cortina Montemayor

JORGE CASTRO: Poemas de fuego y escarcha. Parnass Ediciones, 2018

            La poesía de Jorge Castro (Madrid, 1982), para quienes ya le conocemos o le seguimos desde hace algún tiempo, es difícil de deslindar de su otro trabajo creativo en el campo de la música, de su faceta de cantautor y su actividad como compositor de música contemporánea de concierto. Decía el filósofo alemán y fundador de la “Escuela Hermenéutica” Hans-Georg Gadamer (1900-2002) que la comprensión de un texto sobreviene tras una fusión de dos horizontes: el del momento del autor con el del momento del intérprete. El goce estético se produce en un “juego” que conlleva la disolución del sujeto y el objeto estético. Ese verse “absorbido” del lector por el objeto literario, constituye para Gadamer una “fiesta”, porque supone una ruptura dentro de la ‘temporalidad’ cotidiana, y reivindica el valor de “verdad” inherente a la experiencia estética, su función de desocultamiento, de desvelamiento; por eso para Gadamer la poesía juega un papel primordial dentro de las artes. La poesía, de hecho, impregna también a las demás artes. Digo esto porque, conociendo ya al autor y sus canciones, y tras haber leído el prólogo escrito por José Luis Pérez Fuente, voy a tratar sin embargo de adentrarme en el libro que hoy presentamos con la mirada limpia del lector que todo lo desconoce y se interna, de pronto, en ese mundo creado que no tiene referente preciso en el mundo real porque es único e inventado, es decir: hago conscientemente el intento de adentrarme en la poesía de Jorge Castro abstrayéndome de toda realidad previa y de la realidad de su autor mismo.

            Me interno en una pesadilla de hienas y de buitres, de seres encadenados y amordazados, humillados y vencidos por otros sin moral ni compasión, textualmente: “los dueños del abismo”.  Aquellos seres atormentados, por boca del narrador, están clamando justicia:

[…] gritan con gargantas ensangrentadas

tiñendo de luz las venas

somnolientas de la noche,

tiñendo de gris

el lento camino del silencio,

rasgando sus raídas sombras

por la justicia que no llega.

(Castro 2018:16)

            Es un mundo habitado también por animales, pero por dos clases de animales, en paralelismo exacto con las dos clases de humanos retratados antes: los nauseabundos y rastreros, como las cucarachas o las serpientes, y los que, perplejos, detienen su canto al contemplar el dantesco espectáculo, como los mirlos.  Las alas de la libertad aparecen  ennegrecidas,  lastradas por el cemento urbano:

[…] Desdichada ciudad

que celebras la victoria de la hidra

tapiando las finas rendijas

de un cielo sordo,

haz que caigan océanos de bruma

sobre nuestros hombros,

haz que podamos limpiar con tu llanto

el cemento que cubre

nuestras negras alas.

(Castro 2018:21)

            En esta primera parte, el poeta ha completado así su descripción del infierno circundante. Pasa en la segunda parte del libro a interpelar a un “tú” al que se presenta a sí mismo de este modo:

[…] Soy quien camina

cuando todos duermen

y llena de mar

sus pasos de espuma.

Soy quien canta bajo la tormenta

y habla cuando el horizonte

destiñe el silencio

con su pálida risa […]

 (Castro 2018:25)

            Es el “tú” de una misteriosa amada, tal vez el “tú” de un anónimo lector, o quizás una alegoría de la muerte…

            La naturaleza (el paisaje, la lluvia que tan certeramente señalaba Pérez Fuente en su prólogo, representación del agua que fecunda) aparece por todos los resquicios de los poemas como contrapunto al asfalto y al cemento:

[…] Nadie pudo contener el agua

con sus brazos de barro,

ni evitar que el viento

borrase la arena de los mandalas,

pero seguimos en pie.

Seguimos naciendo, riendo…

(Castro 2018:32)

            De ese modo, con la intervención de estos otros personajes de la naturaleza (nubes, gorriones, mares, semillas, ríos…) la poesía se va dulcificando. Asistimos a una curiosa alquimia, la trasmutación (como la del plomo en oro) del hormigón en agua; la ciudad opresiva da paso a la libre apertura del mundo natural. Esa misma trasmutación es la que va experimentando a su vez el propio poeta:

[…] Desde entonces he jugado

por ser labrador de estrellas,

he trabajado fielmente

por un salario de luna

y he corrido hasta el agua

pintada de madreselvas.

[…] Ahora el mar camina tranquilo

con su tez plagada de sombras

y vuelos de luciérnagas.

Al fin he descubierto la vida

y es ella quien me contempla.

(Castro, 2018:41-42)

            Sobreviene entonces la sabiduría de la paciencia, y el poeta “se sienta a esperar/hasta ser uno con el cielo.”[1] En la tercera parte, la gratitud por la vida se hace extensiva a muchos conocidos,  y se expresa a través de una  serie de bellos poemas dedicados. Habla en ellos con los amigos, con los seres que le son queridos, o con otros poetas como Miguel Hernández, Antonio Machado o Francisco Brines. Es el tributo a sus familiares y amigos tanto como a sus maestros. Y por fin, la cuarta parte del libro se abre con “Caminos nuevos”. Hace aparición el tiempo; comparecen los relojes de arena, las edades y los siglos: “Hoy me siento como un cronista antiguo”[2], dice el poeta, y añade más adelante: “El tiempo todo lo cambia /sin dejar de ser.”[3] En esta última parte el autor parece querer trasladarnos su repetida impresión de que todo ha sido un espejismo… o tal vez un milagro. El de crear los mundos, el de imaginarlos y darles existencia en las palabras. El de hacer convivir el fuego con la escarcha. Gracias, Jorge, por la sutileza de tus versos y por permitirnos a través de ellos penetrar un poco más en ese prodigio de la imaginación que es la poesía.

Susana Diez de la Cortina Montemayor

Madrid, diciembre de 2018


[1] Castro (2018:42)

[2] Castro (2018: 69)

[3] Castro (2018: 71)

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